
Recuerdo que de pequeña confundía las calles y no me atrevía a pasear por el laberinto sola, así era como yo llamaba al casco antiguo de Cádiz. Era incapaz ubicarme, para mí todas las plazas eran la misma cuando subía la marea de papelillos. Echo de menos hundir mis pies en ellos y quedarme con las ganas de tumbarme como si de una piscina de bolas se tratase. Nunca lo llegué a hacer, pero se me pasó por la cabeza mil veces.
Lo que sí retengo en mi cabeza son los disfraces, cientos de ellos: pintorescos y originales. No, admirable es la palabra. Y es que cada año, miles de personas esperan con impaciencia las letras de unos amantes bienaventurados que cantan lo que pocos se atreven a decir en prosa. Sorprenden y hasta incluso deslumbran a personas, que como yo, disfrutan con el 3×4
Esta semana se figura tranquila, sin preocupaciones de ningún tipo que me prohíban ver las agrupaciones que nos trae el 2010. Al parecer un año que pinta mejor que otros pero que comienza de manera similar: Yo plantada en el sofá y acompañada del calor familiar o al menos de mi padre. Un gran hombre del barrio de la viña y carnavalero en su justa medida. Le agradezco enormemente que haya compartido conmigo sus raíces y adoro poder ver en su rostro una sonrisa amplia, una carcajada limpia o unas lágrimas sinceras al escuchar las letras de este concurso magistral.
“Papá, ¿Quieres ver conmigo el Carnaval?”
Sólo en Cádiz con esa gracia y con ese arte,
las serpentinas dibujarán formas con el levante.
Beatriz H.C.








